Para qué memorizar, si lo tengo en Google.

Parece que lo de memorizar no se lleva. Para qué, si cuando necesito algo, lo tengo en mi móvil. ¿Cuántos números de teléfono te sabes de tu agenda actual? En cambio, apuesto a que, si eres de los que nacieron antes de los 90, te sabes más de un teléfono de tus amigos de EGB. 

Delegamos nuestra memoria a Google

La memorización en educación está denostada. Se ha convertido en sinónimo de vieja escuela. Si se memoriza, que sea sin que el niño se dé cuenta: pretendemos que incorpore conocimientos siempre desde la motivación y el juego. 

Y sí, es cierto que las emociones son básicas para entender y recordar procesos y datos. Todos recordamos perfectamente dónde estábamos en el 11S o el 11 de marzo. De hecho, las tres anclas principales de la memoria son la emoción, las historias y el espacio: cualquiera de estos tres elementos nos ayuda a retener la información. 

El espacio es un ancla de la memoria porque es lo que más necesitaban nuestros ancestros: memoria espacial para cazar, localizar la mejor fruta o para volver a casa. Esto les era más útil que memorizar datos.

Esto se debe a la activación de la amígdala (responsable de dar respuesta a las emociones) y el hipocampo (donde se activa el aprendizaje, dicho de forma muy simple): ambas áreas participan en la memorización. 

Pero también se hace difícil -y a veces imposible- encontrar siempre la motivación a la información que debemos absorber, de modo que hay veces en las que no queda otra que memorizar “en frío”. Y está bien, no pasa nada. Al contrario, es muy beneficioso activar la memoria, porque nos ayuda a generar nuevas conexiones y reforzar las ya creadas: el cerebro es un músculo al que debemos entrenar. 

Estarás pensando que cuando se memoriza sin motivación, se “vomita” donde se necesite volcar los datos y, acto seguido, se olvida. Memoriza que algo queda.

Donde habita el olvido

Sí y no. Te explico: cuando memorizamos de golpe, el día antes del exámen, por ejemplo, sucede esto, efectivamente. Y es que la curva del olvido de Ebbinghaus explica que cuando memorizamos algo, al día siguiente olvidamos prácticamente el 50%. A los dos días, no llega al 30%. Y a la semana, menos del 3%. 

Pero también da solución a esta situación: aprender de forma espaciada en el tiempo. Es mucho más afectivo aprender media hora cada día durante 10 días, que 5 horas de atracón en una tarde. ¿Por qué? Porque nuestro cerebro, si le damos la información en pequeñas dosis, va pasando la información de la memoria a corto (o memoria de trabajo) a la memoria a largo. Es decir, va asentando la información y la guarda porque la identifica como importante, gracias a la repetición. 

Otras maneras de memorizar información es repetir en voz alta lo aprendido, para no caer en la ilusión de la competencia, según la cual creemos que sabemos más de lo que realmente es. Al repetir en voz alta, explicárselo a alguien o incluso a nosotros mismos, nos damos cuenta de lo que de verdad hemos retenido y cuánto entendemos. 

El Memory Palace es otra técnica muy extendida que consiste en utilizar el espacio para ayudarnos a recordar: imaginamos un espacio, en el que vamos situando los diferentes elementos que tenemos que recordar. Esto funciona, sobretodo, para listas, porque es más fácil situar elementos simples y, a poder ser, tangibles, que conceptos demasiado complejos.

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¿Qué es memoria? ¿Y tú me lo preguntas?

Aunque pueda resultar antagónico, la creatividad también necesita la memoria. Porque si buscamos relacionar ideas viejas de formas totalmente nuevas, no podremos tirar de Google. Necesitamos tener la información en la cabeza, guardada en espacios diferentes, muchas veces en zonas totalmente dispares. Emociones, datos, sucesos, detalles sin (aparente) importancia, eventos de gran trascendencia, fechas, nombres…. Cada uno tiene su sitio, según criterio del cerebro en general y del “recordador” en particular. Por eso son tan exclusivas. Y es ahí donde surgen esas conexiones aparentemente inconexas y totalmente nuevas. 

Lógicamente, cuantos más datos tengamos guardados, más interesantes podrán ser las conexiones. 

Igualmente, el arte lo entenderemos mejor si tenemos datos almacenados en la memoria. Del mismo modo que dicen que la poesía se comprende mucho mejor si se recita de memoria. ¿Has probado a memorizar poesías? Elige una y prueba. Es fantástico, porque te metes en la poesía con otra intensidad; en cierto modo, olvidar las letras hace que te concentres mucho más en las palabras. 

Dicen que con las fórmulas matemáticas pasa lo mismo: que se entienden mejor cuando se memorizan. Ahí no puedo decírtelo, porque lamentablemente, no le he dedicado -todavía- el tiempo que creo que se merecen. Pero está en la lista darles una segunda oportunidad. 

recuerda EL futuro

Piensa por un momento en lo que has dejado de memorizar. Y ahora imagina que, directamente, has dejado de aprenderlo. Haz un ejercicio de futuro para pensar cómo sería ese cerebro conectado a la red, con toda la información disponible a golpe de impulso nervioso, que propone Elon Musk con Neuralink. 

Me pregunto, ¿con qué orden se accedería? ¿Es realmente información que podemos considerar nuestra, si no la hemos procesado y, por tanto, incorporado? ¿Cómo encajan esos datos en nuestros cerebro, cómo se adaptan a nuestra “distribución”? ¿Cómo sabremos qué es subjetivo, qué son datos, qué es una mezcla de los dos, si no había emoción ni proceso en el momento de incorporarlos?

Y, sobretodo, ¿qué te diferenciará de una máquina si tenemos los datos ordenados del mismo modo?

Personalmente, cuando me pongo en ese escenario futuro, me doy cuenta de que no está tan lejos, si tenemos en cuenta todo lo que estamos delegando en nuestros teléfonos móviles. Y es entonces cuando intento no recurrir al móvil para recuperar un dato o un nombre: lo busco en mi cerebro, intento entender los atajos y carpetas donde guardo la información. O lo dejo dando vueltas mientras activo mi modo difuso para que la búsqueda recorra caminos nuevos. 

Prefiero, sin duda, tener menos datos, pero más comprensión, más emoción y, sobretodo, mi propio sistema de combinación de unos y otros. Me resulta incómoda la idea de almacenar cantidad por encima de calidad. Me abruma tener todo Google en mi cabeza. O mi cabeza en Google. Pero esto es otro tema 🙂

Os dejo un TED de Joshua Foer explicando la técnica del Memory Palace. ¡Cuéntame si te ha funcionado!

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