De un día a otro, cientos de miles de niños y jóvenes se quedaron en casa. Coles cerrados, universidades cerradas. Más de un peque se lo tomó como vacaciones; más de un universitario -ya lo sabemos-, también. Hasta que se terminó el parque, hasta que no hubo más cañitas en la terraza.

Pero detrás de todos esos alumnos, había -hay- miles de profesores adaptando el contenido al formato digital. Grabando vídeos, buscando recursos, aprendiendo a manejar plataformas que, tal vez, hasta el momento sólo habían utilizado para compartir algunos artículos, publicar notas y colgar algún vídeo (los más atrevidos y lanzados con la tecnología).

Todos se adaptan como pueden a la nueva situación: alumnos, profesores y padres. Intentando mantener horarios, intentando no perder el contenido a impartir, intentando que todo siga con la mayor normalidad posible.

El problema es que por más que pretendamos reproducir en nuestras casas lo que hacíamos en la escuela, en la universidad, en el trabajo, la realidad es que cuando podamos por fin salir, ya nada será igual.

Y no lo digo con derrotismo, sino con realismo. El mundo ha parado tan en seco, que con el frenazo hemos salido despedidos más metros de los previstos y nos hemos ido, de golpe, al futuro.

Ese futuro con el que fantaseábamos hace…menos de un mes. 

Un futuro digitalizado, en el que predecíamos que aprender iba a valer más que saber.

Un futuro con una renta básica universal, donde se proponía que la aportación a la sociedad no se mida sólo por el dinero que la persona genera, sino por el bienestar que provoca. 

Un futuro sin coches, donde por conciencia medioambiental o precisamente por el teletrabajo que permitía la digitalización, vaciaba considerablemente las carreteras y permitía la conciliación.

Un futuro en el que la persona estaba en el centro, más que nunca. Donde la creatividad, el pensamiento crítico, la capacidad de crear y trabajar en equipo, estaba por encima de todo lo demás.

Un futuro incierto, cambiante, ambiguo… 3 en 1, de golpe y porrazo.

Bienvenidos, estamos ya ahí, aunque todavía no lo veamos.

 

¿DE VERDAD SEGUIREMOS APRENDIENDO IGUAL?

Veníamos oyéndolo, leyéndolo: el sector de la educación seguía siendo el que menos había cambiado en el último siglo, a pesar de lo mucho que había cambiado el mundo.

Antes del coronavirus ya sabíamos que la educación necesitaba un cambio radical. Que lo que se estaba enseñando no preparaba para el futuro. Que no sabíamos cómo iba a ser el futuro, pero seguro que iba a ser diferente del mundo para el que estaba planteada la educación.

Hace tiempo que muchos decíamos que digitalizar la educación no significaba cambiar la libreta por una tableta, sino cambiar la manera de pensar, de acceder a la información, de relacionarla, compartirla y aplicarla. En definitiva, digitalizar la educación significaba cambiar la manera de aprender.

¿De verdad vamos a simplemente cambiar el aula presencial por el aula digital? ¿Pasaremos de contar el contenido en directo a soltarlo en streaming?

Soy consciente de que el parón ha sido demasiado brusco como para poder hacer cambios muy sustanciales en estos momentos. Y sé que la tecnología nos permite impartir clases con un nivel de definición e incluso de interacción increíbles. Pero podríamos parar un momento, tal vez el tiempo que nos ha llevado activar las plataformas digitales, para pensar cómo aprovechamos la situación para ayudar a aprender de otra manera.

Los alumnos no son los que eran cuando iban a clase. Unos están más aburridos por las horas vacías, otros más asustados por lo que oyen o ven; algunos estarán tristes por haber perdido a una abuela, un tío, un familiar cercano; otros nerviosos por cómo afectará esto al curso, sobretodo los que tienen la EvAU en junio (que algunos ya están pidiendo modificar).

Si en muchos casos, cuando iban a clase, ya tenían poca motivación por aprender lo que se les contaba, por el qué o por el cómo, imagínate ahora.

Pero ahora, igual que antes, no es que no tengan motivación por aprender: es que lo que les motiva a aprender ha cambiado. Otra vez. Ahora más que nunca.

EL ALUMNO EN EL CENTRO

Aprovechemos esta oportunidad -dentro del caos- para entender de verdad lo que necesita el alumno. Pongámosle de verdad en el centro, escuchemos lo que necesita. Y no me refiero a hacer lo que quiera, a que aprenda lo que elija. Sino a ayudarle a identificar por él mismo lo que necesita aprender, para acompañarle desde ahí.

Hoy, desde nuestras casas, por más plataformas que tengamos a nuestro alcance, somos uno más: de repente, el profesor se hace tan pequeño -o tan grande- como el alumno. Ahora no podemos cerrar la puerta de clase, no podemos pedir que presten atención, no podemos hacer callar a nadie.

De repente el alumno, igual que nos ve en la pantalla, puede tener más pantallas abiertas, con acceso a infinitas fuentes de información.

De nosotros dependerá que sea, también, fuente de conocimiento. Pero para ello, deberemos hacer un acto de humildad y entender que no va de lo que el profesor sabe, sino de lo que el alumno aprende.

La motivación la encontraremos en su entorno, en ayudarle a entender lo que está viviendo, lo que está pasando. La mayoría de metodologías de auto-aprendizaje se basan en testar rápido los conocimientos: ponerse en situación para saber qué aprender.

Hoy lo tenemos más fácil que nunca: observemos qué necesitan los adultos para hacer frente a esta situación y analicemos qué hará falta para salir de ella. Esto nos dará una idea muy aproximada de lo que necesitamos que sepan los ‘próximos adultos’ cuando sucedan otras crisis y otras pandemias. Que existirán.

Enseñémosles a buscar información sobre lo que está sucediendo, a identificar fuentes fiables, a huir de fake-news. A que se informen para entender mejor lo que está sucediendo. No hará falta buscar mucho: lo tenemos a mano estos días.

Ayudémosles a expresar lo que les pasa, entendiendo el entorno y acompañándoles a actuar: actitud emprendedora, esa que activa tantos conocimientos de forma transversal. Apliquémosla, tenemos una oportunidad de oro en estos momentos para activar su capacidad de influencia. Como explica Pilar Jericó en este artículo, adoptar una actitud proactiva (me ocupo), evita la actitud reactiva (me preocupo).

Adaptemos los ejemplos de aquello que les queramos explicar, busquemos transferir conocimiento a la situación que están viviendo. La emoción ayuda a comprender y retener mejor la información. Por eso, sin entrar en una situación estresante, que provocaría el efecto contrario, contextualizar el contenido en una situación que les importa, les ayudará a entender la importancia de lo que explicamos. Esta crisis toca tantos elementos de nuestro entorno, que no se me ocurre una asignatura que no pueda transferirse a la realidad.

Demos a los alumnos autonomía para aprender, este es el mejor momento: estando cerca, pero dejándoles explorar. Tampoco podemos estarle demasiado encima ahora mismo. Así que aprovechemos para hacerles, de verdad, responsables de su aprendizaje.

Guiemos, a la vez que soltamos. Raíces y alas. Probemos unos meses: creo que nos sorprenderán.

LAS SOFT-SKILLS SON LAS QUE NOS AYUDAN A SOBRELLEVAR LA CRISIS

De repente la música, el baile, la meditación y la lectura se recomiendan como la mejor medicina para el confinamiento.

Resulta que la creatividad para inventar juegos, manualidades y dibujar, es el mejor antídoto al aburrimiento.

Aprender a convivir, en soledad o en equipo, se hace imprescindible.

Discernir la información que nos llega, aplicar pensamiento crítico, es básico para no infoxicarnos.

Y el deporte se recomienda, hoy más que nunca, para mantenernos sanos a pesar del encierro.

Benditas asignaturas “maría”.

¿De verdad vamos a seguir relegándolas a un segundo plano cuando esto termine? ¿Nos atreveremos a seguir considerando de segunda todo lo que nos hace (mejores) personas?

Las soft-skills han demostrado ser básicas para poner la persona en el centro. Y para ayudar a la persona a encontrar su centro. A aguantar el confinamiento, a pasar el miedo y el tedio.

CAMBIAREMOS EL APRENDIZAJE: EL QUÉ Y EL CÓMO

Esta crisis está siendo dura. Porque incluso el aspecto económico, que también está llegando, es en realidad consecuencia de una crisis sanitaria. No nos va el dinero, nos va la vida. Si no la nuestra, la de nuestros mayores. Y, en algunos casos, no tan mayores.

Esta crisis, lo estamos viendo, se superará gracias al trabajo en equipo, el espíritu colectivo y la responsabilidad individual.

Nos pone un espejo enfrente: como individuos y como sociedad. Nos enseña lo importante. No sólo a nivel personal sino también a nivel profesional. Nos muestra lo que el mundo necesita. Y lo que ya no funciona.

Nos muestra de forma más visible que nunca lo que necesitamos aprender. Y nos ha puesto en bandeja la oportunidad de explorarlo.

Tenemos la gran suerte de que esta crisis nos ha pillado en un momento donde la tecnología es exponencial, donde la ciencia avanza a pasos (y hombros) de gigantes. Precisamente por eso, habrá que seguir invirtiendo ahí: más y mejor. Para que la siguiente pandemia nos encuentre todavía más preparados a nivel científico. Y más desenvueltos a nivel tecnológico.

Pero también habrá que tener presente que quien pone el respirador es un médico o doctora que doblan turnos sin mascarilla; que quien da la mano a esa persona que se va sola, es una enfermera que “llora bonito” al oír los aplausos que todos los ciudadanos dedican cada tarde a las 20h.

Puntuales, como un reloj. Pero con un corazón que nunca podrá tener una máquina. Acordémonos de todo esto cuando, ahora o después del coronavirus, hablemos de aprender.

2 Comments

  1. Inma Fita 26/03/2020 at 3:13 pm

    Totalmente de acuerdo 👍

    Reply
    1. Neus Portas 26/03/2020 at 3:30 pm

      Gracias Inma 🙂

      Reply

Leave A Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *