Aprender ya no es lo que era. Ya no es lineal, porque el mundo se ha vuelto exponencial. Ya no hay una forma única de adquirir conocimiento: en un entorno cada vez más incierto y ambiguo, se hace difícil definir qué es lo que hay que aprender hoy; o mañana.

Por eso, la formación también abre la mirada, las opciones y los formatos. Ni aprender es sinónimo sólo de estudiar, ni un título indica necesariamente un expertise.

La formación informal se abre paso como vía de aprendizaje: conversaciones con expertos, asistencia a charlas, MOOCs, lecturas, podcasts… Tenemos información a un click de distancia y, encima, necesitamos consumirla rápido porque el entorno nos exige una aplicación ágil.

No siempre hay tiempo para cursos de dos o cuatro años. Y si lo hay, se hace imprescindible combinarlo con aprendizajes más informales. Porque nuestro proceso de aprendizaje no termina cuando dejamos la escuela o la universidad. Ahora sigue para siempre. Lifelong learning.

de lo que somos a lo que aprenderemos: ¿Cómo lo medimos?

Por muy aprendedores que seamos, por más libros que devoremos, nuestra bio dirá que sabemos tanto como nuestro último título homologado. En algunos casos, puede que tenga más peso esa licenciatura que terminaste hace 20 años que los conocimientos que has adquirido por tu cuenta en los últimos 3.

Lo que no se puede medir, no existe. ¿Cómo medimos las habilidades y competencias que hemos ido adquiriendo de manera más desorganizada o sin un título que lo avale?

Probablemente la mejor manera sea mostrar qué hiciste con tus aprendizajes, porque hoy más que nunca, el conocimiento se completa cuando se aplica.

Las empresas empiezan a darse cuenta de eso. Sobretodo esas que no encuentran en las universidades los perfiles que necesitan (un 72%, nada más y nada menos). Para muchas empresas, el título ya no tiene importancia: ni el de hace 20 años ni el más reciente. Para esas empresas, ya no importa dónde se adquirió el expertise, sino cómo se aplicó. O cómo se podrá adaptar a lo que haga falta en un futuro.

Poco a poco, va imperando la cultura de los “learn-it-alls”, como los define Satya Nadella de Microsoft. De los “sabelotodo” a los “aprendelotodo”.

Aunque si ya cuesta medir lo que uno sabe, ¿cómo medimos lo que uno es capaz de aprender? Demostrar nuestra capacidad de reacción y proactividad, el nivel de escucha, nuestra curiosidad y ganas de seguir aprendiendo de forma continua.

‘Debemos pasar de los know-it-all a los learn-it-alls’.

Satya Nadella

¿Tu sabes lo que sabes?

Lo primero que tienes que hacer, para dejar claro lo que sabes, es ser tú consciente de ello. ¿Eres consciente de lo que sabes? En la matriz de conciencia de la competencia, el área de conciencia de lo que no se sabe es importante para definir qué aprender. Pero el área de conciencia de aquello en lo que se es competente, nos facilitará utilizarlo como carta de presentación.

Sin embargo, cuando aprendemos de forma más “natural”, en un aprendizaje activo y proactivo, somos menos consciente de lo que sabemos. Según un estudio realizado en Harvard, a pesar de que se aprende más con un método de aprendizaje activo, tenemos la sensación de aprender menos. Tal vez nos hayamos acostumbrado a que si no hay sufrimiento, no tiene mérito.

Por eso, es importante hacer el esfuerzo en hacer explícito todo ese conocimiento tácito que has ido acumulando con los procesos de aprendizaje informal que has ido viviendo:

  • reflexionar o hacerte mindmaps de los libros que lees.
  • anotar los aprendizajes de esa charla que tuviste con alguien experto.
  • aplicar deliberadamente lo que aprendes para luego reflexionar sobre qué funcionó y dónde tienes que mejorar.
  • vincular los temas de esa conferencia a los aprendizajes anteriores.
  • anotar nuevas ideas y definir una fecha para llevarlas a cabo, poco a poco.
  • compartir lo que sabes, primero con amigos, luego con compañeros y más adelante en un blog o en una conferencia.

Nos hemos acostumbrado a que si no cuesta, no tiene mérito.

Sólo luego podrás ser consciente de lo que sabes realmente: porque eres consciente de que lo has aprendido y aprehendido. Porque lo has aplicado y sabes que lo sabes. Y porque tienes cómo mostrar resultados después de haberlo aplicado, haberte equivocado, haber corregido y vuelta a aplicar. Eso, cada vez, vale más que cualquier título en una pared.

Es verdad que un título puede ayudar a prever qué es lo que sabes o serás capaz de hacer. Pero cada vez más te exigirán que, junto al papelito que muestra lo que aprendiste, adjuntes también ejemplos tangibles de lo que hiciste con ello. 

Y si trabajas por tu cuenta o quieres emprender, haz el ejercicio con más profundidad todavía, porque el título no te lo pedirán. Pero sí necesitarás aplicar todo lo que sepas. Y lo que esté por aprender.

La unidad de medida para saber cuánto sabes será, a partir de ahora, lo que seas capaz de hacer con lo que sabes.