“Lo que resistes, persiste”, dijo el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung (1875–1961). Y posteriormente se ha añadido a la frase: “Lo que aceptas, se transforma”. A lo que yo matizaría, incluso: “Lo que aceptas, se/te transforma”.

Nos resistimos al cambio. A nuestro cerebro no le gusta lo que no conoce, lo pone en estado de alerta. Preferimos lo conocido. Incluso aunque sea peor que lo que podría traer la novedad. “Mejor malo conocido que bueno por conocer”.

Lo que pasa es que en estos momentos, bueno o malo, debemos aceptar que viene época de cambios.

Y cuando digo aceptar no hablo conformarse. Más bien al contrario. Aceptar es entender que hay cosas que no están a tu alcance. Pero que hay otras que sí lo están. Es entonces cuando, en vez de paralizarnos, nos vemos más capaces de actuar. Y así debe ser, porque necesitamos actuar. Toca decidir qué camino cogemos, del cruce en el que estamos. Pero eso no es malo. Más bien nos da una oportunidad de cambio, de mejorar lo que estábamos haciendo mal, lo que ya no funcionaba.

Toca, ahora sí, desaprender. Romper esquemas que nos sirvieron hasta hace un tiempo pero que han quedado obsoletos.

No estamos en una nueva normalidad:

estamos en una nueva realidad.

Una realidad que viene con inercia, que estaba formándose hace tiempo y ahora está llegando cual tsunami. Pero que podemos, todavía, moldear para bien.

Para ello hay que estar abiertos al cambio, adoptar una nueva mirada. Porque por más que nos esforcemos, ya no volveremos donde estábamos. Aunque haya quien se empeña en hacernos creer que en algún momento volveremos a la antigua normalidad.

Educación

De todos los cambios que vienen, que son inevitables, me voy a centrar, por supuesto, en la educación 🙂

La educación lleva tiempo pidiendo un cambio a gritos. Y no, no era una reordenación de las aulas ni una menor ratio lo que hacía falta. Ni entonces era así ni, por supuesto, lo es ahora.

Lo que falta es cambiar la base, cambiar en fondo y forma, para adaptar un sistema que quedó obsoleto hace tiempo. Pero esto implica un cambio profundo. Replantearlo todo desde el principio.

Para cambiar de verdad, a veces hay que volver al inicio para cuestionarlo todo, desde el primer tema de la unidad: es la única manera de evitar poner simplemente parches.

Porque por más capas que pongas, si no cambias la base, esta seguirá estando ahí, condicionando todas las decisiones.

Algunos cambios que veíamos ya antes que eran necesarios pero que la pandemia nos ha mostrado como si de un gráfico animado se trataran pueden ser:

1. Contenido de fuera a dentro (y no al revés)

Fomentar la capacidad de aprendizaje continuo, a partir de la motivación. dado que no sabemos lo que viene, la única manera de estar preparados es saber que seremos capaces de adaptarnos. Por eso el aprendizaje que necesitamos debe ser un aprendizaje activo y proactivo; y esto requiere motivación.

¿Y cómo pasamos de la pasividad a la motivación? Sobretodo, conectando lo que enseñamos con lo que sucede en el mundo real. Continuamente. De hecho, el contenido debería venir de fuera, en vez de hacerlo al revés como suele hacerse.

Y no, no se trata de virar la educación hacia el utilitarismo, hacia la empresa únicamente. Sino de explicar la realidad y ayudar a reflexionar sobre ella. Porque no hace falta pecar de aplicabilidad: hay mucho que contar de lo que sucede.

Se puede explicar la realidad social y política desde la historia y la sociología. Se puede incorporar la capacidad de escucha, el debate y principios filosóficos que explican aspectos sociales y éticos que no siempre son blanco o negro (a lo mejor reducimos con ello la polarización a la que estamos tendiendo).

Se puede explicar biología a partir del COVID-19, que nos puede llevar a aprender sobre el sistema inmunológico, para acabar explicando el sistema respiratorio. Probablemente se aprenda mejor así que memorizándolo sin más. Y, de paso, ayudamos a los niños a entender de qué va esta enfermedad. Y a los adolescentes y universitarios, a lo mejor les inspiramos a aportar soluciones -además de ser más responsables, si tienen tentaciones de saltarse las normas.

Durante el confinamiento, tuve el placer de acompañar a un grupo de docentes universitarios para ayudarles a implementar metodologías de innovación educativa. Me contaba la profesora de álgebra que sus alumnos comprendieron toda la teoría de curvas y las fórmulas detrás de ellas cuando, aplicando estas metodologías, les animó a representar e interpretar las curvas de la pandemia usando lo aprendido.

Probablemente alguien piense que esto deja fuera gran parte del curriculum. Y así es. Dejaremos fuera lo que no ayuda a entender la realidad. Pero incorporaremos muchas más cosas. Aprenderemos desde la observación y la reflexión.

2. Entrenar la capacidad de adaptación

La capacidad de adaptación también se entrena. A poder ser, desde la escuela. Pero la adaptación no es una asignatura que se enseña 2 horas por semana. Es una manera de hacer las cosas; es una actitud.

Difícilmente la desarrollaremos si aprendemos en un entorno donde no hay margen de error, donde todo está fijado. Donde el alumno avanza sabiendo qué pasará en cada momento. Donde la máxima sorpresa está en qué preguntas entrarán en el examen.

Por eso, para fomentar la capacidad de respuesta rápida, de adaptación al cambio, tenemos que romper los silos, quitar tabiques, olvidarnos de las asignaturas encerradas dentro de los horarios.

No podemos pedir al alumno que desarrolle la capacidad de adaptación continua si el mismo sistema no es capaz de adaptarse a la nueva situación.

Pero no, adaptarse no es cambiar la ley de educación cada 4 años. Esto es adaptación a los intereses partidistas, no a las necesidades reales de la sociedad. Cuatro años son muy pocos para que haya un efecto real a nivel educativo; y al mismo tiempo son muchos para adaptarnos a la realidad y necesidades del momento de manera ágil. Hace falta un modelo flexible, adaptado y adaptable. Y ser constantes en ello.

3. Educar para la sociedad que queremos, no la que tenemos

Me chirría enormemente eso de que en el cole los niños viven lo que se encontrarán luego: eso es querer perpetuar lo que tenemos, es conformarse con lo que hay. Como siempre digo, viven lo que se encuentran fuera porque eso es lo que hacemos, replicar dentro de la escuela, instituto o universidad, la sociedad que tenemos, con lo bueno pero también -incluso más- con todo lo malo.

Probemos a reproducir en la escuela la sociedad que queremos, no la que tenemos.

Pero eso es difícil en un entorno en el que, durante la pandemia, hemos visto que muchos niños están sometidos a un estrés que a veces saca lo peor de cada uno: horarios que no fluyen con el ritmo natural de aprendizaje; patio en horas fijas donde hay que jugar en un espacio reducido; horas sentados sin opción a réplica; competencia constante y mal entendida.

Creemos espacios más libres donde aprendamos a reproducir la sociedad que necesitamos. Hagámoslo a partir de las carencias que hemos detectado durante estos meses fuera de las escuelas. Y también, cómo no, para mantener las fortalezas que hemos visto que afloran en ciertos momentos.

Eduquemos para una sociedad donde se debata en vez de discutir o llevar la contraria por sistema. Para una sociedad donde se busque la excelencia en todas las áreas. Que respete el medio ambiente y que no necesite estar confinada para dejar de contaminar. Una sociedad más solidaria no sólo con las grandes causas, sino también con el vecino. Una sociedad responsable, que piensa en el bien común sin necesidad de castigos -llámese multas o copiar 100 veces “usaré la mascarilla”-.

El mundo ha cambiado. No sólo por la pandemia. Ya había señales de tsunami desde hace tiempo. Sólo que pensábamos que ese “big one” no iba a ser tan grande ni iba a venir de golpe. Tampoco pensamos que un virus fuera a reducir drásticamente el tiempo que se preveía para la digitalización y ese futuro del que tanto se elucubraba.

Pero ha sido así. Y ahora toca adaptarnos. Entender que es inevitable y aceptarlo para poder actuar. Aprender a vivir en un mundo en cambio constante. Aceptar que, ahora sí, la única constante que viviremos será el cambio. Y contra eso no hay vacuna.

Bueno, sí: la educación. Y también deberíamos tenerlo listo para el otoño, que no vuelve el frío, pero sí el nuevo curso escolar.

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