La semana pasada tuve el placer de tropezarme con el cuento ‘Funes el memorioso’, de Borges. Cuatro páginas que describe un personaje insólito, único, extraño pero no imposible. Un perfil cognitivo que Borges describió mucho antes de que algunos neurocientíficos y psicólogos compartieran casos de memoria extrema, increíblemente parecidos al protagonista (muy recomendable, en este sentido, el libro “Funes y la Memoria”, del neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga).

Resulta que Funes recordaba con claridad cada detalle que había visto en los últimos años. No sólo recordaba todos los caminos que había recorrido, sino de cada árbol, cada rama, cada hoja…

Tal era su precisión a la hora de recordar, que le era imposible abstraerse, conceptualizar, sacar conclusiones.

Para él, un perro de la raza mastín no tenía nada que ver con un pastor alemán, por ejemplo. Su capacidad de detalle era tal, que no entendía cómo compartían nombre. De hecho, ni siquiera un perro de perfil tenía similitud con el mismo perro visto de frente. El primero era un perro de las tres y cuarto; el segundo, de las tres menos cuarto. 

Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer.

Así lo describe Borges:

“Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.”

El personaje de Borges era como alguno de esos casos de memoria casi ilimitada, pero con dificultades de conceptualización, abstracción o pensamiento analítico. Es lo que sucede con los llamados savant, como el personaje de Dustin Hoffman en Rain Man, basado en el caso real de Kim Peek. Peek era capaz de saber en qué día de la semana cayó cualquier fecha, de recordar los prefijos telefónicos de miles de ciudades en Estados Unidos y del que se calculó que conocía el contenido de alrededor de 12.000 libros. Su mente era como un ordenador que no filtraban información.

Pero igual que Funes, su capacidad de razonamiento era muy limitada: era incapaz de resolver tareas que no pudieran ser resueltas en base a recuerdos previos. O no podía leer novelas o libros que requirieran aplicar imaginación o alguna habilidad más allá del uso de la memoria únicamente.

Funes, Kim y otros casos parecidos, explican que, a pesar de que la capacidad memorística puede impresionar, en realidad no es necesariamente símbolo de conocimiento.

Para qué memorizaR

Entonces, si lo importante es saber razonar, y además tenemos el contenido a golpe de click, ¿para qué memorizar?

Pues porque muchas de esas soft skills que nos separan de las máquinas, como la capacidad de crear, dependen de lo que tengas almacenado en la memoria. Porque eso será lo que use tu cerebro para hacer nuevas relaciones de ideas que ya existen.

Y no; no es como meter los contenidos en una base de datos y darle al “mix”: la gran capacidad que tenemos los humanos frente a las máquinas es, precisamente, que en esa mezcla añadimos emociones, sensaciones, la revivimos en otro contexto, creamos nuevas representaciones y podemos incluso cambiar su sentido original. Todo, sin darnos cuenta: lo hace nuestro cerebro de forma autónoma.

Y es que aunque nos parezca de entrada paradógico, la creatividad también necesita la memoria.

Por algo será que Mnemósine, la semi-diosa de la memoria en la mitología griega, tuvo con Zeus, de un sólo parto, a las 9 Musas. Así, la diosa pasó a dar origen al término “mnemotecnia” a la vez que era venerada por los artistas, en una época en la que los libros no se escribían, sino que se recitaban. De memoria, claro.

En definitiva, del mismo modo que de poco sirve memorizar si no comprendemos lo que memorizamos ni sabemos sintetizarlo o conceptualizar, será difícil hacer aportaciones nuevas si no tenemos nada en “la despensa”.

Mnemósine, diosa de los artistas, dio origen al término “mnemotecnia”.

Lo interesante a nivel neurológico es que lo que finalmente memorizamos no son detalles, sino abstracciones de eso que hemos visto; esta abstracción es la que nos permiten pasar del objeto en si, a la idea general de ese objeto. Volviendo al ejemplo del perro, es lo que me permite saber que el perro de perfil es el mismo que el de frente; o que tanto un mastín como un pastor alemán, son perros.

El proceso de incorporación de la información empieza por las neuronas de la zona visual, donde se detecta cada punto de la imagen para pasar, finalmente, a la zona de mayor abstracción de nuestro cerebro: el hipocampo. 

Ahí entra en acción la neurona Jennifer Aniston: una sola neurona superespecializada capaz de detectar a una persona, lugar o animal en concreto. Es decir, una neurona conceptualizadora, que comprime todo el contenido para guardar el concepto general en nuestra memoria a largo plazo.

Imagino que te estarás preguntando el por qué del nombre (normal ;p). El nombre viene del experimento en el que se descubrió esta neurona: el equipo dirigido por Rodrigo Quian Quiroga expuso a diferentes personas a imágenes de personajes más o menos conocidos. Y la primera vez que percibieron la existencia de esta neurona “conceptualizadora” fue con la imagen de la actriz: cada vez que aparecía su foto, se activaba; no así con ninguna otra de las fotos de famosos que se mostraban. De ahí el nombre, que hay que reconocer que le da cierta cercanía y familiaridad a un concepto bastante más complejo. 

Por cierto, en pruebas posteriores a otras personas, esa neurona se activó con otros personajes, lugares o cosas. Pero  la neurona ya tenía nombre. 

En definitiva, el hipocampo hace la función de las antiguas telefonistas: recibe la información que llega desde las neuronas perceptivas (esas que, como su nombre indica, perciben la información), la conectan con otras neuronas y las envían hacia las zonas de memoria a largo plazo, en el córtex prefrontal del cerebro.

Esto me parece interesante para entender que muy a menudo, cuando no recordamos ciertos datos o temas, no es porque los hayamos olvidado, sino porque nuestra percepción del concepto fue tan ligera, que la neurona Jennifer Aniston no llegó a activarse. Por eso, como comenté en otro post, para recordar más, hay que aprender mejor. Porque si no pones tu memoria de trabajo en marcha, el contenido no llegará nunca a la despensa.

Por qué olvidar

Cuando hablamos de memoria, demasiado a menudo nos olvidamos del olvido. Nos empeñamos en querer recordar más, pero no nos damos cuenta de que a veces olvidar también es importante.

Por un lado, necesitamos olvidar por espacio y ahorro mental: nuestro cerebro es una máquina hiper especializada en el ahorro energético. Así que no se toma la molestia -y desgaste- de iniciar un proceso de memorización si no es necesario; y lo que es necesario, no siempre lo decidimos nosotros de manera consciente.

Por otro lado, es importante renunciar a lo que no necesitamos, a la información que sabemos que no vamos a usar. O que, simplemente, no sabemos qué hacer con ella. Y es que no se trata de almacenar contenidos, sino de guardar conexiones.

Por último, como hemos visto, el cerebro desecha todo lo que no le interesa a la hora de conceptualizar información: guarda los detalles que le parecen relevantes, por el motivo que sea, y el resto los descarta.

Y está bien que sea así, porque no somos máquinas: no necesitamos guardar todos los detalles, porque entonces nos costaría abstraernos, pensar, concentrarnos.

Nos pasaría como a Shereshevskii, un periodista con sinestesia que convertía las palabras en secuencias, de modo que para recuperarlas sólo tenía que verlas de nuevo. El problema era que luego no las podía olvidar, por lo que las imágenes se le acababan agolpando en la cabeza, incluso aquellas que ya no necesitaba.

Para intentar sacarlas de su cabeza, probó a escribirlas, a ver si así, al volcarlas, se iban. Como no funcionaba, probó a destruir después el papel donde lo había escrito, como si en el acto simbólico de deshacerse físicamente de las palabras, se fueran también de su cabeza. 

Hasta que vio que la manera de poder olvidarlas, era no prestándoles atención y, si acaso, fijarse sólo en un detalle de la imagen. Algo más pequeño, más fácil de almacenar; era su forma de abstraer, de coger la parte por el todo.

En definitiva, hacía de forma voluntaria lo que cualquier persona normal hace de modo innato: olvidar detalles y generalizar.

Nos han hecho creer que la memoria no sirve para aprender.

Asociamos memorizar con repetir sin comprender; con volcar para olvidar. Nos han hecho creer que la memoria no sirve para aprender. Y puede que no sirva si sólo memorizamos, sin comprender ni saber aplicar. Sin embargo, para comprender y, aun más, para aplicar lo que sabemos, necesitamos conocer, saber: y para ello debemos tenerlo en nuestra despensa para recurrir a ella cuando haga falta.

Aprende a recordar: explicando lo aprendido, volviendo al contenido de vez en cuando (retrieval).

Aprende a olvidar, meditando, abstrayendo los conceptos de toda la información y poniendo foco en lo importante y necesario para, después, desechar el resto.

Ahí, entre la memoria y el olvido, encontrarás el aprendizaje.