Activa el modo beta

Me preguntaban el otro día si el aprendizaje es la esencia de la transformación que están viviendo las empresas. Y mi respuesta rotunda es sí. Aprendizaje, como digo siempre, en mayúsculas. Es decir, el aprendizaje entendido como la capacidad de adaptación, de crecimiento, de motivación. 

Un aprendizaje que exige estar dispuesto a desaprender, a aceptar la vulnerabilidad de no saber, porque difícilmente se aprende desde la soberbia. Un aprendizaje que implica estar dispuesto a aceptar que lo que aprendamos hoy se sumará  a los conocimientos que ya tenemos, pero que puede que ya no nos sirva mañana. O, al menos, no en el modo en que creíamos. O no en ese contexto. Porque ha cambiado la manera en que aprendemos y seguirá cambiando la manera en que aplicamos lo que sabemos. 

Se trata, en fin, de estar dispuesto a aceptar que todo cambia, a perderle el miedo a no saber, atreverse a equivocarse y entender que, en este nuevo entorno, el cambio será la constante. Por eso, la mejor forma de adaptarnos a él es activando el modo beta.

Pero este modo beta, aunque depende de cada uno de nosotros, también hay que fomentarlo y permitirlo. Difícilmente se activará, si desde la empresa no se comprende, comparte y facilita. No es fácil; no lo es para uno mismo, mucho menos para toda una organización. Pero es la mejor manera de facilitar, realmente, la gestión del cambio. Porque cuando la empresa se encuentra en la necesidad de adaptarse, quien se adapta, realmente, es cada una de las personas que la compone.

Cuando se activa el modo beta

En modo beta, se busca mejorar continuamente, no para aspirar a la perfección, sino para aportar siempre la mejor versión. Porque probablemente ni siquiera nos den tiempo para hacerlo perfecto. La frase “mejor hecho que perfecto” se impone y, lejos de fomentar la mediocridad, nos anima a avanzar, empezar a hacer, para ir mejorándolo sobre la marcha. 

El modo beta no aleja de la excelencia, ¡en absoluto! Simplemente propone otra manera de llegar a ella. Porque no siempre tendremos el tiempo necesario para hacerlo todo lo bien que quisiéramos, pero sí debemos hacerlo todo lo bien que podamos. Y el modo beta activa esta actitud. 

 

En modo beta se pierde el miedo a equivocarse, porque se entiende cada error como una oportunidad de aprendizaje. Ligado al punto anterior, nos equivocaremos más de lo que quisiéramos. Incluso más de lo que nos dijeron que era aceptable.  Pero es que cuando se aprende haciendo, la equivocación sucede.   

Por eso, es importante crear espacios seguros de aprendizaje, de prueba-error, donde no se penalice el error, al contrario. No por alabar el error, sino para decir, alto y claro, que se acepta el error como posible consecuencia de haberlo intentado. Para que, efectivamente, se intente. Pequeñas (o grandes) zonas laboratorio, donde se experimente, se observe, se diseccione lo sucedido, tanto cuando funcionó como cuando falló. 

Porque lógicamente, el aprendizaje no está en el error en sí, sino en la reflexión que haces de lo sucedido: por qué sucedió, qué debería haber hecho diferente, qué debo mejorar para asegurar que lo hago mejor si vuelve a suceder. Sin reflexión, no hay aprendizaje.  De hecho, todos deberíamos tener nuestro pequeño laboratorio mental, un espacio donde permitirnos experimentar y fallar, sin penalizarnos por ello.

Propongo crear pequeñas (o grandes) zonas de laboratorio, donde se experimente, observe, se diseccione lo sucedido y apliquemos mirada microscópica para definir qué funcionó o qué falló. 

En modo beta se planifica sin controlar. Planificar está bien, pero no podemos pretender tenerlo todo bajo control, porque hay demasiados elementos que no dependen de nosotros; ni de nadie. Proyectar, planificar, responsabilizarse, pero sin controlar; no pretender controlar el futuro, ni el entorno, ni los equipos, ni mucho menos a las personas. Entender que lo contrario del control no es el descontrol, sino la confianza. 

Definir cuál es nuestro campo de acción, cuál es nuestra área de influencia y qué está fuera de una y la otra, nos ayudará a entender hasta dónde podemos planificar. Y aceptar que lo que está fuera de esas áreas, escapa a nuestro control, por más que planifiquemos e intentemos acotar y encorsetar. 

Y está bien que sea así, para avanzar más ligero, para colaborar desde la responsabilidad de cada uno, para desapegarnos de métodos que sólo nos dan seguridad pero no certeza, del “siempre se ha hecho así”, de los planes a 3 años sin mirar ni más cerca ni más lejos. Del vigilar con desconfianza, del controlar horas por encima de objetivos. Planificar sin controlar, con confianza, da más pie a la innovación, a la escucha, a fluir en la incertidumbre.

Lo contrario del control no es el descontrol, sino la confianza.

En modo beta se aceptan los cambios, con la consciencia de que nada es inalterable.  Es aceptar sin ansiedad, casi con curiosidad y proactividad. Cada cambio es un reto para explorar, crecer, salir a ratos de la zona de confort para ampliarla, hacerla más confortable pero menos comodona.  Porque la zona de confort está bien, siempre y cuando no sea, simplemente, una zona de seguridad sin aspiraciones ni motivaciones.  

 

Rotundamente, el aprendizaje es la mejor herramienta para la adaptación, para la gestión del cambio, personal y organizacional. Y el modo beta, la manera de entender ese proceso de aprendizaje, que será constante, responsable, humilde, proactivo, motivante, reflexivo pero práctico y, sobre todo, enfocado en el proceso. 

Por eso propongo activar el modo beta, en nosotros mismos a nivel individual y en las empresas. Será la mejor manera de adaptarnos al cambio, ahora y mañana. Porque el cambio constante será lo único que se mantendrá estable a partir de ahora.